Regenerar el suelo para transformar la economía

“El mundo ya no necesita que reduzcamos un poco el daño: necesita que restauremos la capacidad del planeta para sostenernos.”

                                                                                                                                Diana De la Sancha

Diana De la Sancha es una de las voces más sólidas en ganadería regenerativa, trazabilidad y descarbonización de cadenas alimentarias en México y América Latina. Desde Kool Farming lidera estrategias de impacto, modelos de medición y soluciones tecnológicas que permiten a productores, empresas y financiadores convertir prácticas regenerativas en resultados medibles: más infiltración de agua, suelos vivos, menor dependencia de insumos y economías rurales más resilientes. Su experiencia abarca más de una década articulando retail, instituciones financieras, productores y sociedad civil, además de haber cofundado una startup para reducir el desperdicio de alimentos en el comercio minorista. En esta conversación, conecta su trabajo de campo con la sostenibilidad estratégica, mostrando cómo decisiones técnicas, de gestión y de financiamiento pueden convertir la regeneración en el nuevo estándar de negocio para los sistemas alimentarios.

A lo largo de estos años trabajando en sostenibilidad e innovación, ¿en qué momento dejó de tratarse solo de “mitigar impactos” y se convirtió para usted en una apuesta clara por la regeneración de suelos, comunidades y modelos de negocio? ¿Hubo alguna decisión o proyecto concreto que marcara ese antes y después en su manera de entender la ganadería y las cadenas alimentarias?

Hubo un instante muy claro en mi trayectoria donde entendí que la sostenibilidad tradicional se había quedado chica.

Mitigar impactos es necesario, sí, pero no suficiente para enfrentar el tipo de crisis ambiental, económica y social que vivimos. El mundo ya no necesita que reduzcamos un poco el daño: necesita que restauremos la capacidad del planeta para sostenernos.
 
Ese punto de quiebre me llegó en campo, frente a un suelo que había perdido vida. Ahí comprendí que esperar a 2050 para actuar era un lujo que los productores no tienen.

La regeneración dejó de ser un concepto técnico para convertirse en la próxima infraestructura crítica del planeta: suelo fértil es carbono capturado, agua infiltrada, resiliencia climática y economías locales funcionando.

A partir de ahí dejé de pensar en “corregir externalidades” y me enfoqué en diseñar modelos donde el impacto positivo se genera por diseño, no por reporte.

Esa será la norma en 2026: empresas cuyo valor se mide no solo por lo que producen, sino por lo que regeneran.

Cuando hablamos de ganadería regenerativa, muchas empresas la ven todavía como un concepto aspiracional. Desde su experiencia, ¿cuáles son las decisiones técnicas y de gestión que realmente transforman un potrero convencional en un sistema regenerativo? ¿Podría compartir un caso donde se hayan observado cambios medibles tanto en productividad como en salud del suelo y en la economía del productor?

Cuando hablamos de ganadería regenerativa, muchas empresas la visualizan como un ideal, un “norte” deseable. Pero en campo aprendí algo esencial: la regeneración no ocurre por narrativa, ocurre por decisiones operativas precisas, tomadas todos los días y respaldadas por datos.

 Un potrero comienza a transformarse cuando se activan tres grupos de decisiones:

1.-Decisiones técnicas: el suelo vuelve a ser el centro del sistema.

El primer paso es reconocer que el suelo no es un piso: es un organismo.

Eso implica cambios como:

Pastoreo planificado con tiempos de recuperación, no movimientos al azar.

Cargas animales dinámicas, ajustadas a la velocidad de crecimiento del pasto.

Eliminación gradual de insumos externos, permitiendo que el suelo recupere su funcionalidad.

Monitoreo de cobertura vegetal, infiltración de agua y materia orgánica, con evidencia, no con percepción.

El productor deja de preguntarse “¿cuántas vacas caben?” y empieza a preguntarse “cuánta energía solar puedo transformar en suelo fértil”.

2.-Decisiones de gestión: la regeneración como modelo económico.

La regeneración solamente escala cuando también mejora los números del productor.

Las decisiones clave son:

Costos basados en eficiencia ecológica, no en insumos comprados.

Diversificación de ingresos, por ejemplo, carne + servicios ecosistémicos.

Métricas simples que guían decisiones, no reportes que solo sirven para cumplir.

Aquí ocurre el verdadero cambio: el productor deja de ser un proveedor anónimo y se convierte en gestor de un activo natural. Eso cambia su relación con financiamiento, mercado y riesgo.

3.-Decisiones de gobernanza: reglas claras para no retroceder.

Un sistema regenerativo no depende de una persona “inspirada”, sino de una estructura:

Protocolos de pastoreo claros.

Indicadores de suelo definidos.

Toma de decisiones basada en evidencia.

Incentivos que premian mejoras en suelo y productividad.

Cuando hay gobernanza, la regeneración deja de ser “intención” y se convierte en operación.

Un caso concreto: regeneración medible en menos de un año.

En el sureste de México trabajamos con un grupo de productores que comenzó la transición sin infraestructura nueva, sin maquinaria y sin inversiones costosas. Lo único que cambiaron fueron las decisiones:

Ajustaron tiempos de descanso del potrero.

Midieron cobertura vegetal cada mes.

Reducieron insumos externos.

Implementaron una bitácora diaria de pastoreo.


Los resultados fueron contundentes:

En el suelo:

Aumentó la infiltración de agua de 5 mm/h a más de 25 mm/h.

Se redujo la compactación y aumentó la presencia de raíces vivas.

Mejoró la biodiversidad vegetal en menos de una temporada de lluvias.

En la productividad:

Subió el rendimiento por hectárea sin incrementar costos.

Los animales mejoraron ganancia de peso gracias a forraje más nutritivo.

Bajaron las compras de alimento externo.

En la economía del productor:

Reducción de costos operativos.

Mayor estabilidad en temporadas secas.

Menor riesgo productivo y financiero.

La regeneración no fue un discurso: fue el resultado natural de un sistema bien manejado.

La regeneración no es un proyecto; es un cambio en la forma de tomar decisiones. Cuando el suelo recupera su función, la economía del productor también lo hace. Y cuando eso ocurre, la ganadería regenerativa deja de ser aspiracional y se convierte en el nuevo estándar.

En Kool Farming trabajan en trazabilidad y descarbonización de cadenas de valor alimentarias. ¿Cómo se construye, en la práctica, una cadena cárnica o láctea trazable y baja en carbono desde el predio hasta el anaquel? ¿Qué información mínima se debe generar en cada eslabón y qué ha visto usted que cambia en la relación entre productores, industria y consumidor cuando estos datos se vuelven visibles?

Cuando hablamos de trazabilidad y descarbonización en cadenas alimentarias, tendemos a imaginar sistemas sumamente complejos. Pero en realidad, el punto de partida es mucho más sencillo: lograr que todos los actores de la cadena se alineen alrededor de la misma información esencial, aquella que permite entender con claridad de dónde viene el producto, cómo se produjo y cuál es su impacto.
 
A partir de ahí, todo se vuelve mucho más manejable. Cada empresa puede usar distintas herramientas tecnológicas, pero lo fundamental es que exista coherencia en la manera de capturar y transmitir la información. Lo importante no es tener miles de datos, sino tener los datos correctos, los que realmente explican la historia y el impacto del producto. Cuando cada eslabón —el productor, el transporte, el rastro, la maquila y el punto de venta— registra de forma simple y consistente lo que le corresponde, la cadena comienza a volverse trazable casi de manera orgánica.
 
En mi experiencia, lo más efectivo es empezar de manera gradual. Primero se asegura la información básica del origen y los procesos; después, conforme la cadena madura, se pueden integrar indicadores ambientales y, más adelante, datos más complejos como mediciones de carbono o biodiversidad. Esa progresión evita frustración, genera confianza y permite que todos avancen a un ritmo realista. La trazabilidad funciona mejor cuando se construye paso a paso, no cuando se intenta imponer un sistema perfecto desde el primer día.
 
Lo más interesante es lo que ocurre una vez que los datos empiezan a fluir. El productor deja de ser un actor invisible y comienza a tener una narrativa propia dentro de la cadena. La industria, por su parte, puede identificar ineficiencias, costos ocultos y oportunidades de mejora. El consumidor conecta de una manera distinta con el origen del alimento; incluso información sencilla como la región, el tipo de manejo o las características del producto cambia su percepción de valor y de confianza. Y además, algo que pocas veces se menciona: cuando existe información clara, también se abren nuevas posibilidades de financiamiento y colaboración. Los bancos y programas públicos pueden evaluar riesgos y oportunidades con mucha mayor precisión.

En resumen, una cadena trazable y baja en carbono no se construye con grandes sistemas de entrada, sino con claridad, consistencia y transparencia progresiva. Y cuando esos elementos están presentes, las relaciones en toda la cadena se transforman de manera profunda.

Para que la ganadería regenerativa escale, necesita financiamiento. ¿Cómo están logrando traducir prácticas regenerativas en proyectos “bancables” que hagan sentido para bancos, fondos y otros actores financieros? ¿Puede contarnos un ejemplo donde un modelo de financiamiento verde haya permitido pasar de pilotos dispersos a una estrategia de impacto a mayor escala?

Escalar la ganadería regenerativa siempre nos lleva al mismo punto: el financiamiento. Y lo interesante es que, cuando uno analiza con calma qué necesita un banco o un fondo para confiar en este tipo de proyectos, te das cuenta de que no es muy diferente a lo que necesita un productor para animarse a cambiar: certeza, evidencia y estabilidad.
 
Lo que hemos aprendido es que las prácticas regenerativas empiezan a ser “bancables” cuando dejamos de describirlas como conceptos y empezamos a mostrar cómo se traducen en resultados concretos. A los actores financieros les importa ver que un sistema regenerativo reduce riesgos, que da mayor estabilidad productiva, que baja la dependencia de insumos externos y que ayuda al productor a ser menos vulnerable ante variaciones climáticas. Cuando eso se demuestra con datos, la conversación cambia por completo.
 
También hemos visto que funciona mucho mejor cuando los proyectos no dependen solo del productor. Cuando hay compradores, instituciones técnicas o programas de acompañamiento que participan en la estructura del proyecto, se envía una señal muy clara a la banca: no es un productor aislado, es una cadena movilizada alrededor de un mismo objetivo. Eso reduce la percepción de riesgo y abre la puerta a nuevas formas de financiamiento verde.
 
En cuanto a ejemplos, en México y en otros países de la región ha sucedido algo muy interesante: varios pilotos de ganadería regenerativa que al inicio eran esfuerzos dispersos de unos cuantos ranchos se han convertido en programas regionales cuando la información se sistematizó y se presentaron resultados comparables en productividad, resiliencia y manejo de suelo. Eso permitió a instituciones financieras diseñar esquemas verdes que antes no existían, precisamente porque ahora sí tenían elementos para evaluar riesgo y retorno.
 
Esa es la clave: cuando la regeneración se traduce en información clara, deja de ser un experimento y se convierte en una oportunidad financiera. El desafío no es la técnica; es integrar datos, actores y procesos de manera coherente para que el financiamiento vea lo mismo que vemos quienes trabajamos en campo: que un sistema bien manejado es más estable, más rentable y más resiliente en el tiempo.

Ha trabajado articulando productores, retail, instituciones financieras, tecnología y sociedad civil. En un contexto donde todos hablan de alianzas, pero pocas se sostienen en el tiempo, ¿qué distingue a una alianza realmente transformadora de una que se queda en proyecto de corto plazo? ¿Hay alguna colaboración específica, aunque haya sido difícil o no haya salido perfecta, que le haya dejado lecciones profundas sobre gobernanza y confianza entre actores?

A lo largo de los años he visto que hablar de “alianzas” es fácil; sostenerlas en el tiempo es otra historia. Muchas colaboraciones arrancan con entusiasmo, pero solo unas pocas logran convertirse en plataformas reales de impacto. La diferencia, al final, no está en el discurso, sino en la gobernanza y la confianza.
 
Una alianza verdaderamente transformadora es aquella donde todos los actores tienen claro qué pueden aportar, qué necesitan recibir y qué responsabilidad comparten. Cuando esa claridad no existe, las alianzas se desgastan rápido. Pero cuando hay un entendimiento profundo de roles, límites y expectativas, incluso las conversaciones difíciles pueden convertirse en un punto de avance y no en una ruptura.
 
También he aprendido que las alianzas sólidas no se construyen alrededor de afinidades personales, sino alrededor de procesos: reglas para decidir, mecanismos para resolver diferencias y métricas que permiten saber si vamos por buen camino. Cuando esos procesos existen desde el inicio, la colaboración puede sobrevivir a cambios de dirección, rotación de equipos o incluso a momentos de tensión.
 
Si pienso en experiencias que me han dejado aprendizajes, no necesariamente hablo de casos perfectos. De hecho, algunos de los procesos más valiosos han sido aquellos donde las cosas no salieron como se esperaba. En más de una ocasión he visto proyectos que comenzaron con una intención muy ambiciosa, pero que en el camino revelaron cuán difícil es alinear prioridades. Esos desafíos me enseñaron algo muy importante: una alianza solo funciona si todos están dispuestos a ceder en algo y a ganar en otra cosa. La colaboración no es sumar voluntades; es acomodar intereses de manera honesta.
 
También he visto lo contrario: alianzas pequeñas, incluso modestas, que lograron sostenerse en el tiempo porque había transparencia, comunicación constante y una convicción genuina de que ninguna parte podía avanzar sola. Y aunque no todos los esfuerzos terminan en grandes proyectos regionales, siempre dejan aprendizajes sobre cómo manejar expectativas, cómo navegar tensiones y cómo construir confianza más allá de una firma de convenio.

En síntesis, una alianza transformadora no es la que arranca con más logos, sino la que desarrolla una cultura de corresponsabilidad. Cuando todos los actores entienden que el éxito de uno depende del éxito del otro, la dinámica cambia por completo y la colaboración se vuelve sostenible.

Antes de Kool Farming cofundó una startup para reducir el desperdicio de alimentos en retail. Mirando en retrospectiva, ¿qué aprendió de ese emprendimiento sobre el comportamiento del consumidor, el rol de los incentivos y las barreras reales para que la sostenibilidad se vuelva masiva y cotidiana? ¿Cómo incorpora hoy esas lecciones en el diseño de estrategias regenerativas y de modelos de negocio circulares?

Antes de llegar a Kool Farming tuve la oportunidad de emprender en el sector del desperdicio de alimentos en retail. Esa experiencia me marcó profundamente porque, más allá del modelo de negocio, me permitió entender cómo se comporta realmente el consumidor y qué hace que ciertas prácticas sostenibles se adopten… y otras no.
 
Lo primero que aprendí es que las personas no toman decisiones solo por conciencia ambiental. La sostenibilidad se vuelve cotidiana cuando coincide con tres cosas: comodidad, beneficio y claridad. Si una práctica sostenible implica demasiado esfuerzo, si no se entiende o si no genera un beneficio tangible, la adopción se estanca, aunque la narrativa sea positiva.
 
También comprendí que los incentivos importan muchísimo. Los consumidores responden mejor cuando la sostenibilidad se integra de forma natural en su día a día, sin pedirles grandes sacrificios. Y lo mismo ocurre con productores, retailers y cualquier actor dentro de una cadena de valor: la sostenibilidad escala cuando alinea intereses, no cuando pide esfuerzos unilaterales.
 
Otra lección importante fue reconocer las barreras reales: la falta de información, la desconfianza en los mensajes ambientales y la ausencia de mecanismos simples para participar. Muchas veces las personas quieren hacer lo correcto, pero no saben cómo o sienten que su acción es irrelevante. Eso me llevó a valorar el poder de los sistemas que facilitan, acompañan y muestran resultados, en lugar de solo pedir cambios.

 Hoy, en el diseño de estrategias regenerativas y modelos circulares, esas lecciones están en el centro. Me interesa construir soluciones donde los productores entiendan claramente qué ganan al adoptar prácticas regenerativas, donde la industria vea eficiencia y reducción de riesgo, y donde los consumidores puedan conectar con el origen sin tener que descifrar un lenguaje técnico. Y, sobre todo, que todo ese sistema funcione con información transparente, beneficios compartidos y procesos accesibles.

 En otras palabras, lo que me dejó esa etapa es la certeza de que la sostenibilidad no se masifica por inspiración, sino por diseño inteligente. Y eso es justo lo que intento aplicar hoy: modelos donde la regeneración y la circularidad no sean un esfuerzo adicional, sino la forma natural y rentable de operar.

Cuando se habla de impacto, cada actor quiere métricas distintas. Desde su mirada, ¿cuáles son los indicadores que no pueden faltar para evaluar seriamente un proyecto de ganadería regenerativa: carbono, biodiversidad, agua, resiliencia del productor, ingresos, otros? ¿Qué han hecho en Kool Farming para que la medición no se convierta en una carga burocrática, sino en una herramienta que oriente decisiones de negocio y de política pública?

Hablar de impacto en ganadería regenerativa siempre implica un reto, porque cada actor —productores, industria, financiamiento, gobierno, consumidores— privilegia métricas distintas. Sin embargo, con el tiempo he aprendido que, para evaluar seriamente un proyecto, hay un conjunto de indicadores que no pueden faltar, independientemente del tipo de cadena o del modelo productivo.
 
Para mí, el primero es el suelo. Lo que ocurre ahí determina todo lo demás. Medir cambios en cobertura vegetal, infiltración de agua y materia orgánica ofrece una lectura muy clara de si el sistema está regenerando o solo manteniéndose estable. Después viene el componente de agua, no solo en términos de consumo, sino de capacidad del suelo para retenerla y manejarla, especialmente en regiones donde la variabilidad climática está aumentando.
 
El tercer grupo de indicadores tiene que ver con resiliencia y economía del productor. Un sistema que regenera ecológicamente pero coloca al productor en una posición vulnerable no es sostenible. Por eso, ingresos, estabilidad en costos, reducción de dependencia de insumos y capacidad para enfrentar años difíciles son datos esenciales. Y, por supuesto, está el componente de biodiversidad, que muchas veces es la señal más honesta de que el sistema está recuperando vida.
 
Ahora, sobre el tema de medición, algo que hemos entendido es que cualquier sistema de indicadores que se sienta como una carga burocrática está destinado a fracasar. En Kool Farming hemos tratado de avanzar de forma muy pragmática: primero identificar qué datos realmente ayudan a tomar decisiones, y luego buscar la manera más simple posible de capturarlos. La prioridad no es tener un tablero perfecto, sino construir uno que sirva.
 
Eso significa empezar con pocos indicadores, muy claros, que permitan una lectura rápida del sistema y que den información útil para productores, compradores y, más adelante, para instituciones financieras o políticas públicas. La idea es que la medición acompañe la operación, no que la complique. Y conforme la cadena madura, se pueden integrar métricas más detalladas sin perder funcionalidad.
 
Creo que ese es el camino: diseñar sistemas de medición que reflejen la realidad del campo, que generen confianza y que permitan demostrar, con evidencia, que la regeneración no es solo un concepto aspiracional, sino un modelo que puede mejorar productividad, resiliencia y bienestar.

En un campo donde los cambios son lentos y las resistencias son reales, ¿qué la sostiene personalmente en esta apuesta por transformar la manera en que producimos y consumimos alimentos? ¿Qué mensaje le daría a los jóvenes que quieren trabajar en sostenibilidad y sistemas alimentarios regenerativos, pero sienten que el sistema es demasiado rígido o que “ya está todo inventado”?

Lo que me sostiene, incluso en un sector donde los cambios toman tiempo y las resistencias son parte del día a día, es saber que la transformación sí es posible. Lo he visto en campo, en productores que encuentran nuevas formas de manejar sus tierras, en equipos que se animan a probar modelos distintos, en consumidores que empiezan a exigir más transparencia. A veces los avances son pequeños, casi invisibles, pero cuando los miras en perspectiva te das cuenta de que construyen algo mucho más grande.
 
También me sostiene la convicción de que la regeneración no es una moda ni un discurso; es una necesidad. Y aunque el camino no siempre es fácil, trabajar en algo que tiene impacto real sobre suelos, ecosistemas y comunidades te da un sentido de propósito que no se agota.
 
Sobre los jóvenes —y lo digo como alguien que sigue siendo joven, aunque ya no tenga 20— creo que hay una percepción equivocada de que “todo está inventado”. La realidad es la contraria: estamos en un momento en el que las soluciones antiguas ya no funcionan y todavía no tenemos claro cómo construir las nuevas. Eso significa que hay espacio para quien quiera proponer, diseñar, experimentar y equivocarse.
 
Les diría que no esperen a que el sistema sea perfecto para entrar; ningún sector lo es. Lo importante es aportar algo distinto: una mirada nueva, una pregunta incómoda, una forma creativa de resolver un problema que ya parecía resuelto. La sostenibilidad y los sistemas alimentarios necesitan más imaginación, más diversidad de perfiles y más valentía. No se trata de tener todas las respuestas, sino de atreverse a buscarlas.

Y quizá lo más importante: este trabajo es de largo aliento, pero también de pequeñas victorias. Uno no transforma el campo solo con ideas; lo transforma con constancia, con aliados y con una claridad enorme de por qué vale la pena hacerlo.
 
Quedo profundamente agradecida por la oportunidad de participar en esta edición y de contribuir a una conversación que considero esencial para el futuro de nuestros sistemas alimentarios. Ha sido un ejercicio muy valioso reflexionar sobre estos temas y compartir la visión que, desde mi trabajo, intento impulsar cada día.
 
Gracias por el espacio, por el interés y por abrir esta oportunidad que permite visibilizar el esfuerzo de tantas personas y comunidades que están transformando el campo desde adentro.

Estoy a su disposición y agradecida.

Factores clave 

  • La regeneración se vuelve estándar cuando se basa en decisiones técnicas, de gestión y de gobernanza medibles, no en narrativas aspiracionales.
  • Cambios sencillos en manejo pastoreo planificado, menos insumos, monitoreo de suelo pueden multiplicar por cinco la infiltración de agua (de 5 mm/h a más de 25 mm/h) y reducir riesgos productivos.
  • La trazabilidad y la medición simple, coherente y progresiva abren puertas a financiamiento verde y reposicionan al productor como gestor de un activo natural, no solo como proveedor.
  • La sostenibilidad se masifica cuando alinea incentivos y hace coincidir comodidad, beneficio y claridad para productores, industria, financistas y consumidores.

En Diana De la Sancha convergen la precisión técnica del campo, la visión sistémica de las finanzas sostenibles y una clara sensibilidad por el impacto social de los sistemas alimentarios. Su trabajo demuestra que la regeneración puede medirse en milímetros de infiltración de agua, en menor dependencia de insumos y en productores menos expuestos al riesgo climático, al tiempo que integra tecnología, gobernanza y nuevos modelos de negocio. Más que proponer “proyectos verdes”, impulsa infraestructuras vivas donde el suelo, los datos y las alianzas sostienen el valor económico. Hacia adelante, su apuesta anticipa cadenas alimentarias en las que el éxito de una empresa se mida tanto por lo que produce como por lo que regenera, y donde cada decisión en el potrero tenga eco directo en la resiliencia de las comunidades y del planeta.

 

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