Gobernanza del agua para una resiliencia compartida

“El agua dejó de ser solo un flujo físico y empecé a verla como un sistema socio-hídrico con dimensiones económicas, políticas y medioambientales.”

                                                                                                                                     Ivonne Morales

Desde su investigación doctoral en Gestión de la Sostenibilidad en la Universidad de Waterloo, la panameña–canadiense Ivonne Morales ha comprobado que los problemas del agua en Panamá no son solo hidráulicos, sino profundamente institucionales, sociales y políticos. Su trabajo se centra en la gobernanza integrada del agua en la ciudad de Panamá, donde confluyen el Canal, la ciudad, los municipios, la industria y las comunidades sobre una misma cuenca cada vez más presionada por la variabilidad climática. Con una trayectoria interdisciplinaria que abarca sostenibilidad, estudios medioambientales, comunicación, desarrollo internacional y estudios de paz y conflictos, Ivonne articula ciencia, tecnología y construcción de paz para proponer modelos de gobernanza hídrica más justos y resilientes. En esta conversación comparte por qué la visión fragmentada del agua ya no es viable y cómo la colaboración entre sectores será decisiva para la sostenibilidad en la próxima década.

Su investigación se centra en la gobernanza integrada del agua en la ciudad de Panamá, armonizando intereses tan distintos como el Canal, la ciudad, la industria y las instituciones. ¿Hubo algún momento o caso específico que le hizo ver que el problema no era “técnico” sino de gobernanza y pensamiento sistémico? ¿Qué cambió en su manera de entender el agua a partir de ahí?

Desde el inicio de mi doctorado en Gestión de la Sostenibilidad, entendí que los problemas del agua no son simplemente fallas de infraestructura o carencias técnicas; son problemas complejos, profundamente interconectados con decisiones institucionales y dinámicas sociales que requieren soluciones comprensivas y más integrales. Al situarse uno en los problemas hídricos que confronta Panamá claramente se puede entender que las necesidades del Canal de Panamá, las demandas de la Ciudad de Panamá y su área metropolitana, las limitaciones institucionales y el rol del sector industrial operan bajo lógicas distintas, con poca articulación entre sí. Para mí, la pregunta dejó de ser ¿qué infraestructura falta? y pasó a ser ¿por qué los actores no están pensando y actuando de manera integrada sobre un recurso que comparten? 

A partir de ahí cambió completamente mi forma de entender el agua: dejé de verla solo como un flujo físico y empecé a verla como un sistema socio-hídrico con todo tipo de dimensiones económicas, políticas, medioambientales, donde las decisiones, percepciones y relaciones entre actores pesan tanto como la cantidad de lluvia, la capacidad de un embalse, o la adopción de estrategias sostenibles. Esa comprensión sistémica es la base de mi investigación y de las propuestas de gobernanza integrada que estoy desarrollando para Panamá.

Cuando se piensa en Panamá, el Canal suele acaparar la conversación. Desde su trabajo, ¿cómo se vive en la práctica la tensión entre garantizar agua para la operación del Canal, para los residentes urbanos y para los ecosistemas? ¿Puede compartir un ejemplo concreto donde esa tensión haya obligado a replantear decisiones, prioridades o reglas de juego?

La tensión es inevitable porque todos dependen de la misma fuente de agua: la Cuenca del Canal de Panamá. Cuando la lluvia es abundante, esa interdependencia pasa desapercibida. Pero cuando hay variabilidad climática, como en los últimos años, emerge con fuerza la pregunta central: ¿cómo priorizar demandas que compiten entre sí? En mi investigación he visto que esta tensión no es solo hidráulica, es también institucional y política. El Canal necesita agua para mantener el comercio global; la ciudad la necesita para garantizar derechos básicos; y los ecosistemas requieren caudales mínimos para sostener su función ecológica. Es un equilibrio delicado. Un ejemplo concreto ocurrió durante la reciente sequía que obligó al Canal a restringir tránsitos y ajustar niveles operativos. Esas decisiones no solo tuvieron un impacto económico global, sino que también deben obligar a replantear prioridades internas, como discusiones sobre nuevas fuentes de agua, proyecciones de consumo urbano y la necesidad de fortalecer la coordinación entre instituciones y los municipios. 

Las tensiones evidencian con claridad que el desafío no es únicamente aumentar infraestructura, sino repensar la gobernanza del agua: cómo se toman decisiones, quién participa, cómo se manejan los riesgos compartidos y qué reglas de juego permiten anticipar crisis en lugar de reaccionar a ellas. En síntesis, la tensión existe porque el agua de lluvia que se almacena es finita y los patrones de lluvia son cambiantes; la diferencia está en si la gestionamos de manera fragmentada o con una visión integrada que reconozca nuestras interdependencias.

Hablar de “gobernanza integrada del agua” puede sonar abstracto. Si lo aterrizamos a decisiones, ¿qué cambios de gobernanza serían ineludibles para que Panamá pase de un modelo fragmentado a uno realmente articulado (por ejemplo, en términos de coordinación institucional, datos, participación ciudadana o incentivos económicos)?

En mi investigación estoy proponiendo un modelo de integralidad ajustado a los diferentes actores del agua en Panamá (Canal, ciudad, municipios, industria y comunidades) que desarrollo en uno de los manuscritos académicos que será publicado. Pero, si tuviera que señalar algunos cambios ineludibles en la gobernanza del agua, destacaría al menos cuatro: coordinación institucional real y no solo formal, es decir, concreta y tangible; sistema unificado de datos y transparencia; participación ciudadana vinculante y activa; e incentivos económicos alineados con la adopción de iniciativas con miras a favorecer el ahorro de agua en todas sus dimensiones. Este modelo de integralidad muestra puntos de entrada donde estos cambios son posibles en busca de una transformación con miras a la sostenibilidad.

Su  recorrido combina sostenibilidad, estudios medioambientales, comunicación, desarrollo internacional y estudios de paz y conflictos. ¿De qué forma esta mirada interdisciplinaria le ha permitido mediar entre actores que normalmente no se sientan juntos (comunidades, industria, gobierno, sector agua)? ¿Podría contarnos un caso donde esa capacidad de “traducir lenguajes” permitió destrabar una conversación compleja?

Mi formación interdisciplinaria, que combina sostenibilidad, medio ambiente, comunicación, desarrollo internacional y estudios de paz y conflictos, me ha dado algo fundamental: la habilidad de ver un mismo problema desde varios lenguajes y lógicas al mismo tiempo. Siempre digo que trabajo con una “caja de herramientas” cuyas herramientas son muy diversas y útiles. Cada disciplina aporta una forma distinta de entender tensiones, negociar intereses y construir soluciones. Ese enfoque es especialmente valioso en el sector agua, donde los actores no solo tienen prioridades diferentes, sino también formas distintas de hablar sobre el mismo recurso. Por ejemplo, la comunidad habla desde la experiencia diaria; la industria desde la eficiencia y los riesgos; el gobierno desde los mandatos; y las instituciones del agua desde lo técnico e hidráulico. 

Traducir entre esos mundos requiere sensibilidad, técnica y confianza. En mi experiencia, la confianza en las soluciones que provienen de investigaciones como la que estoy realizando no se gana de una sola vez ni con todos a la vez. Se gana con un actor a la vez, demostrando rigor, respeto y claridad, y no significa que sea fácil, ya que es muy desafiante. Sin embargo, esa es justamente la ventaja de trabajar de manera interdisciplinaria: puedes generar puentes donde normalmente hay brechas, y ayudar a que actores que no suelen sentarse juntos puedan, al menos, escucharse y avanzar.

Como cofundadora de Tek4Automation Inc., está cerca de la tecnología y la automatización. ¿Dónde ve hoy el mayor potencial de las soluciones tecnológicas para mejorar la gestión sostenible del agua (por ejemplo, en monitoreo, optimización de uso, transparencia de datos) y cuáles son los límites o riesgos de caer en el “tecnosolucionismo” sin cambiar los modelos de gobernanza?

Desde Tek4Automation espero cada vez más experimentar el potencial que tiene la tecnología para mejorar la gestión del agua, especialmente en áreas como monitoreo en tiempo real, detección de fugas, optimización del consumo y transparencia de datos. Sensores inteligentes, plataformas de análisis y sistemas de automatización pueden ofrecer información precisa y oportuna que antes simplemente no existía. Creo que siempre se busca anticipar crisis, reducir pérdidas y tomar decisiones basadas en evidencia. Sin embargo, así como en las soluciones hídricas creo que todas las voces son necesarias, pienso que la tecnología es una de esas muchas voces que necesitan ser incluidas, pero por sí sola no transforma sistemas. Puede mejorar procesos, sí, pero no sustituye las conversaciones, la coordinación institucional ni los acuerdos sociales. 

De hecho, uno de los mayores riesgos de caer en el tecnosolucionismo es creer que un nuevo sensor o una nueva plataforma resolverá tensiones que en realidad son de gobernanza. He aprendido que la pregunta clave no es ¿qué tecnología implementamos?, sino ¿qué problema de gobernanza queremos resolver y quién debe estar involucrado? Sin reglas claras, sin datos compartidos y sin participación ciudadana, incluso la mejor tecnología termina subutilizada o siendo parte de soluciones fragmentadas. El potencial de la tecnología es enorme, pero su valor real surge cuando se integra en modelos de gobernanza más colaborativos, transparentes y centrados en las personas. Ahí es donde puede convertirse en un verdadero catalizador de sostenibilidad, y no solo en una herramienta más.

En un mundo que pide “resultados” y métricas, ¿cómo se mide el impacto real de una buena gobernanza del agua? Más allá de los indicadores clásicos (cobertura, calidad, continuidad), ¿qué otros indicadores o señales miraría usted para saber si una ciudad como Panamá está avanzando hacia una gestión más resiliente y justa del recurso?

Creo que medir el impacto de una buena gobernanza del agua requiere ir más allá de las métricas tradicionales. Por supuesto, indicadores como cobertura, calidad y continuidad son fundamentales, pero no capturan la dimensión humana, institucional y cultural del agua, que es donde realmente se juega la resiliencia. Uno de los aprendizajes de la sostenibilidad es que no basta con medir el aspecto físico; necesitamos indicadores que reflejen capacidades sociales, institucionales y cognitivas. Por eso, yo incorporo en mis investigaciones conocimiento y alfabetización hídrica, participación y corresponsabilidad, coordinación interinstitucional efectiva, etc. 

En una ciudad como Panamá, avanzar hacia una gestión hídrica más resiliente y justa se verá tanto en mejoras físicas como en cambios en el comportamiento, en la confianza, en la forma de tomar decisiones y en la capacidad de la ciudadanía de entenderse como agente de transformación. Al final, una buena gobernanza del agua se refleja no solo en el caudal, sino en la relación que construimos alrededor del agua que nos hace valorarla colectivamente.

Su trabajo conecta sostenibilidad con construcción de paz. Cuando piensa en comunidades que viven la escasez, la contaminación o la desigualdad en el acceso al agua, ¿qué historias personales o encuentros le han marcado más? ¿Qué le han enseñado sobre el tipo de liderazgo y de escucha que necesitamos para transformar conflicto en colaboración?

Una de las experiencias que más me ha marcado ocurrió en San Miguelito, durante la primera etapa de mi investigación. Mientras realizaba encuestas, muchos residentes compartieron historias de solidaridad cotidiana frente a los desafíos hídricos: vecinos que almacenan agua para otros, o simplemente deciden utilizar menos cantidad de agua para que el agua pueda llegar hasta sus vecinos que están en lugares más altos, es decir, las casas ubicadas en los cerros. Esas iniciativas, que surgen sin esperar a que llegue la solución “desde arriba”, me sorprendieron profundamente porque revelan algo que a veces se pierde en los diagnósticos técnicos y el capital humano y comunitario que ya existe, incluso en contextos de vulnerabilidad. 

La capacidad de cuidarse mutuamente es una forma silenciosa de paz. Escuchar a los residentes me enseñó dos cosas esenciales. Primero, que la gente no solo identifica problemas: también tiene ideas, prácticas y una enorme disposición a colaborar. Segundo, que transformar conflicto en colaboración requiere un liderazgo distinto: uno en el que escuchar activamente es fundamental. Mi trabajo de investigación me ha mostrado que donde hay escasez también hay creatividad; donde hay frustración también hay resiliencia; y donde hay desigualdad también puede haber puentes si sabemos mirar y escuchar activamente.

Si tuviera que enviar un mensaje directo a los líderes empresariales y de política pública que leerán esta edición sobre sostenibilidad, ¿qué decisiones deberían tomar en los próximos 5–10 años respecto al agua en Panamá para no llegar tarde al cambio climático? ¿En qué alianzas público-privadas y comunitarias vale la pena invertir hoy para asegurar un futuro hídrico más seguro y equitativo?

Creo que ya no es momento de hablar únicamente de “problemas”, sino de desafíos con soluciones posibles, tangibles y reales. Lo que sí ya no tiene cabida son las soluciones lineales, rápidas y desconectadas de una visión de largo plazo. El agua en Panamá exige decisiones estratégicas ahora, no cuando la presión climática nos obligue a actuar de manera reactiva y situarnos en un estado de emergencia. Si tuviera que enviar un mensaje directo, diría tres cosas:

1. Es necesario pasar de la reacción a la anticipación. Las decisiones de los próximos 5–10 años deben enfocarse en construir resiliencia: diversificar fuentes de agua, reducir pérdidas, invertir en infraestructura verde y planificar el crecimiento urbano con criterios hídricos, es decir, no se pueden construir más casas y edificios sin pensar en cómo va a llegar el agua a esos lugares.

2. Mirar al agua como un recurso compartido, no como un recurso sectorial.
El Canal, la ciudad, la industria y las comunidades dependen del mismo sistema hídrico. Las decisiones deben reconocer esa interdependencia, no fragmentarla. Eso implica gobernanza real a nivel de cuenca y ciudad y reglas de participación claras entre sectores.

3. Invertir en alianzas con intención. Las alianzas público–privadas y comunitarias siempre se han mencionado como la solución, pero ahora deben construirse de manera intencional, buscando common ground, es decir, un terreno común a partir del cual se puedan diseñar soluciones que sean beneficiosas para todos: desde el abastecimiento urbano hasta la operación industrial y la protección de los ecosistemas. Si Panamá quiere volverse resiliente una visión compartida es imperativa. El futuro hídrico del país no dependerá solo de la infraestructura que construyamos, sino de la capacidad de colaborar, escuchar y decidir juntos cómo nos visionamos en ese futuro resiliente. Esperar a la próxima sequía ya no es una opción cuando se piensa en la resiliencia y la sostenibilidad.

Factores Clave 

  • Replantear el agua como sistema socio-hídrico donde pesan tanto las decisiones y relaciones entre actores como las variables físicas.
  • Transitar de una gobernanza fragmentada a un modelo integrado con coordinación institucional real, datos unificados, participación vinculante e incentivos económicos coherentes.
  • Usar la tecnología como catalizador —no sustituto— de acuerdos de gobernanza, evitando el tecnosolucionismo y priorizando la anticipación frente a la reacción.
  • Reconocer y potenciar el capital social de comunidades como San Miguelito, donde la solidaridad cotidiana en torno al agua es ya una forma de construcción de paz.

La mirada de Ivonne Morales demuestra que la sostenibilidad hídrica no se juega solo en las plantas de tratamiento o en los embalses, sino en la calidad de nuestras decisiones colectivas. Al vincular métricas, tecnología y gobernanza con el tejido social de las comunidades, propone un modelo donde la eficiencia convive con la equidad y la resiliencia. Para empresas, gobiernos y ciudadanía, su invitación es clara: pasar de gestionar “crisis de agua” a co-crear futuros hídricos compartidos. El liderazgo que viene será el de quienes sepan escuchar, traducir lenguajes y construir, desde hoy, acuerdos capaces de sostener al Panamá del mañana.